Notas > AUTOS & ESTILOS > Autos - Aquellos fueron los días
Una hazaña del más grande de todos los tiempos. Cuando las carreras se ganaban gracias a un repollo.
 
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Había comenzado el año 1955 y gruesos nubarrones se cernían sobre el escenario político argentino, nubarrones que aún en muchos aspectos (y es opinión de la columna) aún no se han disipado totalmente.
Y ¿cómo eran las cosas por el ’55?
Vea: el agua mineral se vendía solamente en las farmacias, era cara y se empleaba “sólo en los enfermos”; los médicos recetaban friegas con Bronchodermine (de un olor espantoso a alcanfor) para las bronquitis y también ventosas y cataplasmas (un ungüento infame que debía calentarse “a baño maría” desparramarlo con una espátula sobre un trapo, el que se cubría con otro, y luego el pobre cristo condenado a tal tormento (el escriba en múltiples ocasiones) era fajado como una momia y así debía dormir (“Y tratá de no moverte”). Previamente había una sesión de ventosas -otra tortura china-, y así todo.
Había pocos autos en la calle. La avenida Roca que llevaba al autódromo era angosta y empedrada. ¿Colectivos?: uno cada media hora. Era todo campo: desde Roca y General Paz se veía el edificio de la Municipalidad de Lomas.
La columna tuvo la gran suerte de que su padre fuera amigo de Don Francisco “Pancho” Borgonovo, un verdadero “sportman” de aquélla época y un fantástico dirigente, presidente de la Comisión Directiva del Automovilismo Deportivo del ACA en las épocas que Don José P. Anesi era su Gran Presidente (un trabajador incansable que trajo la F1 a la Argentina y los Mil Kilómetros Sport; “la temporada”, como se le decía).
Pues bien, se corría el III Gran Premio de la República Argentina en el Autódromo de Buenos Aires. El calor era terrible (más de 40 grados), las tribunas eran una caldera y la pista semejaba a las parrillas de San Lorenzo -a 60 cm del suelo la temperatura era de ¡70 grados!-
El escriba, con su padre, fue testigo privilegiado de aquella epopeya. Los diarios anunciaban 200.000 personas enloquecidas por la primera fila de la clasificación: estaban las cuatro grandes marcas de aquélla época: Ferrari, Lancia, Mercedes y Maserati.
La Ferrari tenía un motor de cuatro cilindros sobrealimentados, la Lancia un V8 y la Mercedes venía con uno de 8 cilindros en línea, mientras que Maserati traía uno de seis en línea también y ¿quiénes se sentaban en cada una de ellas?: Froilán González (mejor tiempo), Alberto Ascari, Juan Manuel Fangio y el francés Jean Behra, ¡qué pilotos, por Dios! Y los que venían detrás en la “parrilla de partida” no les iban en zaga; vea: Farina (Ferrari), Kling (Mercedes), el argentino Birger (Gordini), Hermann (Mercedes), Villoresi (Lancia), Castellotti (Lancia), otro argentino, el gran Menditeguy (Maserati), Trintignant (Ferrari), Bayol (Gordini), el argentino “Bitito” Mieres (Maserati), otro compatriota, Iglesias Gordini, Musso, Mantovani y el argentino Bucci y el uruguayo Uría cerraban con Maserati.
Evidentemente, la feroz temperatura definiría la carrera –“Esto es una lotería”,- le dijo el padre a la columna -pero creo que “El Chueco” tiene un as en la manga, fíjese que no va a salir a romper los relojes de entrada, va a hacer su carrera (antes los padres no tuteaban a los hijos, y viceversa). Y así fue.
Fangio “madrugó” al largador y punteó la primera vuelta, para escapar de un posible pandemonium que podía producirse. Menditeguy, Kling, Birger y Behra protagonizaron un múltiple choque: afuera los cuatro.
Pero pasada media hora de carrera, el sol abrasador y el calor comenzaron a hacer estragos en pilotos y motores: el italiano Eugenio Castellotti hizo dos trompos y paró en el box desmayándose sobre el volante, mientras que su compatriota, el grande “Gigi” Villoresi se fue de pista, abandonando, pero llegó a los boxes a pie y se subió al auto de Castellotti, continuando la carrera. En aquellos tiempos el reglamento de F1 permitía que un auto fuera conducido por varios pilotos.
Ahora, la Lancia de Ascari estaba en punta, con la de Castellotti -piloteada por Villoresi- pero a una vuelta.
Las pequeñas Gordini abandonaron rápidamente, pero en el box de Maserati empezaron unos cambios increíbles que complicaron la clasificación de la carrera: nadie, ni en las tribunas, ni en los boxes ni en “la deportiva” sabían a ciencia cierta cómo estaban las posiciones, vea: Behra reemplazó a Mantovani, Menditeguy a Bucci y Farina, casi insolado, dejó su auto a Umberto Maglioli, que era el piloto de reserva del equipo. “Esto y el infierno son lo mismo”, dijo el uruguayo Uría al parar su Maserati en boxes.
El gran piloto inglés Stirling Moss también comenzaba a insolarse y a quemarse con el aceite hirviendo que se filtraba en el cockpit del Mercedes, y lo mismo le sucedía a sus coequipers, los alemanes Kling y Hermann. (“¡Como están los alemanes y el inglés -dijo para sí el padre del escriba- colorados como cogote’epavo”!).
Y la confusión seguía y el calor era ya insoportable. En los boxes había un vaho insoportable, mezcla de olor a aceite quemado, nafta, neumáticos quemados y transpiración. ¿Cómo se refrescaban los corredores cuando llegaban a boxes? Les tiraban un par de baldazos de agua fría y les daban soda fresca ¡Soda de sifones!
Mientras, la confusión seguía: Musso conducía la máquina de Mantovani y éste el de Musso, mientras Harry Schell desmayado por el calor cedía su puesto a Behra.
La Lancia de Ascari iba en punta, González segundo y Fangio mantenía un tercer puesto expectante. Se estaba circulando a más de cinco segundos de los tiempos de clasificación.
Finalizando ya la primera hora de carrera, Ascari realiza un trompo, totalmente agotado, abandona, dejándole la punta a su coequiper, el “cabezón” González: ahora Fangio estaba segundo. Pero González también se insola y para en boxes. A todo esto, Fangio, manteniendo un ritmo constante en la pista, sin problemas por los dramas que se vivían en boxes, se ubica, finalmente en la primera posición.
Cuando González vuelve a la pista, ya casi recuperado de su “acaloramiento”, comienza a recuperar y a descontar tiempo a razón de dos segundos por vuelta.
Alfred Neubauer, le hace señas a Fangio para que se detenga y se refresque. Pero Fangio no hace caso, pensando (con razón) que si paraba perdería 40 segundos y el motor, exigido a límites extremos, correría serio riesgo de no querer arrancar “se agarran los metales” -como se dice en la jerga fierrera-.
Y así, manteniendo su ritmo y haciendo gala de un estado físico envidiable y de una máquina indestructible como la Mercedes- Benz W 196, Fangio gana la carrera.
El escriba tuvo el privilegio de estar en Parque Cerrado con su padre, periodistas de fuste, como eran Don Alberto Salotto, Raúl Ferrito, Don Pedro Fiore, el Director Deportivo de la Mercedes- Benz, Alfred Neubauer -mojado en transpiración-, el inefable Manuel Sojit (Córner, hermano del famoso Luis Elías) y Don Francisco “Pancho” Borgonovo.
Fangio, también mojado en transpiración, aceite, tierra y con la pierna quemada por el recalentamiento de los caños de escape que habían dejado el chasis como para freír una milanesa, se sacó lentamente las antiparras, desabrochó la tira de cuero que le sujetaba el primitivo casco y al quitarse éste...: aparecieron casi “cocinadas” ¡tres hojas de repollo! que el genial Chueco de Balcarce había puesto entre casco y cabeza para evitar la insolación. Y mientras los desprendía del mismo nos dijo a los presentes, lenta, cansinamente, con su característica voz zezeosa: ¡Con veranitos a mí… yo soy zorro viejo en estas lides !
Un Grande entre los Grandes, claro.

Texto: Carlos Daniel Arena


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