Notas > AUTOS & ESTILOS > José Cupeiro - Un sportman en toda la línea
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El legendario Chevitú: la revolución del TC. Texto: Carlos Daniel Arena
 
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En la volanta, el escriba se quedó corto con la adjetivación de Jorge Cupeiro y van las excusas y explicaciones (que cuadran, y vaya), tanto al causante de la misma, como a los estimadísimos lectores: debería haberse escrito sportman y “caballero, de pe a pa” (como decía la abuela de la columna).
Conversando, pues, con el estimado amigo Jorge Cupeiro, salieron a relucir anécdotas y hechos que pintan una época gloriosa del automovilismo deportivo argentino, y lo que fueron las carreras de motos, en las que predominaban las marcas europeas (sobre todo las italianas: Guzzi, Ducato, Parrili, Motom, etc.). En el Turismo Carretera corrían los Gálvez, los Emiliozzi que despuntaban como velocistas natos, el recordado Angelito Meunier, Armando J. Ríos, Ernesto Petrini, Fernando Piersanti, y ni hablar de las carreras “Sport”, de las que tenemos un capítulo pendiente, también con una pléyada de caballeros y sportman irrepetibles en la iconografía de personajes inolvidables del automovilismo deportivo argentino.
Jorge Cupeiro, pues, comenzó su carrera deportiva corriendo en motos a los 18 años. La primera carrera en la que participó fue en el autódromo, que fue organizada por Don Pedro Vaccario, presidente del Moto Club Argentino. Era de motos standard hasta 125 cc. Cupeiro corrió con Ñuna Gilera y llegó último. En la segunda carrera ya había cambiado la máquina: ahora tenía una Gilera Super Sport con el número 189, con la que ganó.
Corrió en motos hasta 1962. La temporada internacional de las mismas fue la última actuación de Jorge Cupeiro en el mundo de las dos ruedas, cuando cumplía 25 años de edad. Durante su campaña en las motos corrió para el equipo oficial NSU (unas motos enormes, impresionantes), y luego con el equipo italiano de Moto Guzzi, cuyo representante era Pepino Vianini, el papá del querido Andrea, quien también representaba a las famosas marcas Aermacchi, Benelli y Lambretta.
“Pero había una moto, Guzzi, para ser más exactos (nos dice Jorge Cupeiro), que la gente de la marca había hecho para Gerardo Lorenzino, que eran realmente de carrera juntamente con la alemana NSU Sportmax que es la que más he corrido”, cierra Cupeiro. Pero, mientras corría (y muy bien en motos), Jorge Cupeiro también lo hacía con autos de turismo, dejando siempre sentada su impronta de piloto muy prolijo, tanto en pista como en equipo y siempre como caballero ejemplar: nunca un gesto altisonante, nunca una palabra subida de tono, nunca un insulto, siempre la moderación: el “por favor, muchas gracias, disculpe” estaba siempre en boca de Cupeiro -un caballero, claro-.
Corrió con los pequeños NSU Prinz, los Alfa Romeo Giulietta. Siempre en Turismo con los Alfa-Romeo, y nunca los Volvo pudieron ganarle. Era una época, estimado lector en que Fiat y Peugeot eran como Boca-River y Alfa-Romeo y Volvo otro tanto, y atraían multitudes. Increíble ¿no?
En el interín, Froilán González me invita a correr una máquina de Mecánica Nacional Fórmula uno, que era un chasis Maserati con motor Chevrolet, corriendo su primera carrera en el circuito costanero de Santa Fe donde se ubica en segunda posición. Luego corre en Esperanza, con una anécdota que la columna cree es única en el mundo: se casó el sábado a la noche y el domingo a las 10 de la mañana estaba largando la carrera. Sólo en Argentina sucede algo semejante por la tremenda pasión que despertaba el automovilismo deportivo.
Con la misma máquina gana las famosas 500 Millas de Rafaela, pero en 1963 aparece el famoso Chevitú, que era ni más ni menos que un Chevrolet 400 sedan dos puertas. Lo preparaba Pedro Campo y a Cupeiro lo acompañaba el recordado Quique Duplán, muerto trágicamente en la Vuelta de Balcarce de 1968, mientras corría con un Torino, en su debut como piloto en el TC.
El Chevitú fue la verdadera revolución en el TC. El primer auto “compacto” que entraba en la categoría: al principio los detractores de siempre le tiraban de todo (un acto de barbarie) desde cascotes hasta repollos, pasando por zapallos, papas y otras hortalizas de continente macizo y segura contundencia. El Chevitú quiebra la dinastía de los Ford (o “los Fores” - como les decían en el interior del país-). “Había que quebrar a los velocistas Emiliozzi, y lo hicimos”, nos dice Jorge. Quizá la carrera que más recuerde sea “La Vuelta de San Antonio de Areco” que gané en 1966”.
“Salí mal el domingo ya que el sábado -en aquel entonces se clasificaba los sábados en el kilómetro lanzado, largué atrás en la tierra, y luego Emiliozzi que había abandonado me llevó a remolque en la tierra un montón de kilómetros, y Rubén Roux me iba ganando con “La Negrita” - como le decían a su coupé Chevrolet de 1939, pero paró a cambiar una goma pinchada. Si yo paraba, perdía la carrera. Lo que más recuerdo eran los pañuelos, miles, por favor, miles y los papelitos al llegar a la meta, y vos (dirigiéndose al escriba), siguiéndonos a la altura de los hilos telegráficos (¿Se acuerda del telégrafo y los telegramas?) con tu avión de Cosechadoras Rotania. Y la gente tirando papelitos. Impresionante querido, impresionante”.
También corrió Cupeiro en el Gran Premio de Turismo del ‘62 con un impresionante Pontiac Catalina de ocho cilindros en V y 500 HP con mala suerte ya que el equipo rompió los motores de las cuatro máquinas que habían participado (faltó preparación de los motores).
Luego, esos autos los preparó Bellavigna y corrieron la Mar y Sierras y hasta Necochea Cupeiro estaba haciendo 243 km/h ¡de promedio! -una locura- pero una válvula dijo basta. Los Pontiac Catalina eran unos autos impresionantes, el ruido del motor se escuchaba a seis kilómetros de distancia.
Esposa, tres hijas mujeres, tres yernos y siete nietos son el presente feliz de Jorge Cupeiro: verdadero sportman y caballero de cuya amistad se enorgullece sinceramente la columna. ¿A usted no le pasaría lo mismo?

Chevitú
¡Que época, que caballeros de las rutas!: Jorge Cupeiro y el autor de la nota, allá lejos (Miramar) y hace tiempo (1967) antes de la largada de una “Mar y Sierras”. Foto tomada en “Parque Cerrado”: Cupeiro antes de subirse al legendario Chevitú, y la columna (más flaco y con abundante pelo) antes de subirse al avión transmisor de Cosechadoras Rotania…Las distintas organizaciones radiales ponían en el aire algo así como 20 aviones transmisores, cada uno con la publicidad de una fábrica de cosechadoras diferente…¡Que país tuvimos… por Dios!


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